miércoles, 9 de agosto de 2017

Feliciano. Reviviendo aneas y bayones.

Que estará Feliciano segando la anea -un pensamiento te asalta fugaz y montas en su estela-. Voy a llamarle y, si es así, allá que me las piro a visitarle y grabar la faena. Dicho y hecho: aquel fogonazo tenía bravío suficiente como para empujarte hasta el teléfono y abandonar el "dolce far miente" en que te regalabas.
Tal vez revivir sea la única manera de vivir: lo que pasa, sólo una vez pasado, pasa para uno de verdad. Llegado a casa de Feliciano, el aroma de sus espadañas humedecidas inunda el taller del cielo azul, las madrugadas frescas y el particular sabor de aquellas tierras que, entonces, durante nuestro primer encuentro de hace tantos años, pasaron sin que lo hubiera notado. Aquellas madrugadas frescas, aquel cielo azul..., no los de ahora.
Atento, como siempre, el maestro ha preparado todo para que aproveche mi estancia. Una silla sin culo y otra igual pero con él echado: podré así grabar principio y fin sin necesidad de hacer todo el proceso.
Sus manos no retuercen la espadaña, la envuelven y ese detalle, junto con otros, es la marca de su maestría. Uno a uno, vuelve a recordarme los secretos de un buen hacer que ahora, además de guardar en mi memoria, grabo en la cámara de vídeo por si la primera flaquease.
- Mañana madrugamos y nos vamos a cortar anea, ¡hace veinte años que no lo hago!
- Yo pensaba que lo hacías todos los veranos.
- Ya trabajo muy poco y con la que tengo recogida me llega. A mi lo que más me gusta, ya lo sabes, es trabajar la madera.
Unas estanterías repletas de cuencos, peines, carracas, cucharas..., casi siempre trabajadas en negrillo y sin emplear más herramientas que las que carecen de motor, son testimonio de su arte. Allá en el recibidor, la cocina o las habitaciones: sillas, cabeceras de cama, relojes y muchas otras piezas dicen del incontable tiempo que Feliciano ha dedicado a tallar la madera de que están hechas.



Salimos temprano. La excelente espadaña que habíamos localizado la tarde anterior luce fresca; la hoz brilla al sol y, certera, tajo a tajo va seleccionando la mejor.
- Recuerdo a mi padre hundido en el agua del canal hasta el pecho para segar la anea. Salía lleno de sanguijuelas. Después, venga a andar kilómetros y muchas veces, cuando llegábamos a un pueblo, ya había pasado otro silletero y no quedaba trabajo para nosotros.


- Buenos días. ¿Se puede saber qué hacen?
- Pues aquí, segando espadañas. Pero usted ya es viejo, recordará para qué se hacía esto.
- Bueno, antes la utilizaban los que hacían sillas. Recuerdo cuando era niño que venían por aquí, por el pueblo...
- ¿Por Babilafuente?
- Sí, por aquí.
- Pues eramos mi padre y yo. Entre otros, claro. Se acuerda de...
Uno a otro comienzan a lanzarse nombres, apodos y títulos familiares hasta que logran encajar sus familias en el mapa y enlazar los parentescos con el de una buena parte del gentío de la zona.


El calor comienza a ser insoportable así que decidimos dejarlo. Feliciano coloca muy bien la anea: los tallos parejos y agrupados en haces no demasiado pesados. Las hojas exteriores y malas, desechadas. Acabado, metemos la anea en la furgo y nos la llevamos al pueblo para extenderla al sol.
-Yo la dejo quince días así; después le doy la vuelta y la dejo otros quince. Bien seca y almacenada a cubierto te durará muchos años.
Es hora de marchar, pero así, husmeando entre sus libros, me topo con una sorpresa: la revista de Oficio y Arte en que, hace ya 19 años, escribí sobre mi primer encuentro con Feliciano. Lo relees y aquél que lo escribía revive entre sus páginas mientras que el de ahora... ¿Dónde el de ahora? ¿Qué tiempo ése, ahora, que según digo 'ahora' ya ha dejado de ser ahora? Un tiempo sin lugar es un tiempo donde uno no puede vivir y tal vez, el único verdadero.
Ya de regreso a casa, y con el gusanillo de las siegas que te ha metido en el cuerpo la visita al maestro, te picas y dispones tu también a ello. En esas andas cuando, mira por dónde, un buen amigo pasa a saludarte con un regalo: unos cuantos juncos de bayón recién cortados.
- ¿Pero de dónde has sacao eso?
- Pues de una lagunilla que hay escondida a no muchos kilómetros de aquí. Sabes ese puente...
- Oye, menudo hallazgo, esto es una suerte. Yo comprando bayón en Portugal porque no conozco quien lo tenga en España y resulta que crece a ná de casa!
Tan contento: coche, hoz, y a segar que te vas. Buenos tiempos que, quizás algún día, alguien revivirá.