sábado, 20 de junio de 2015

Cariños

Les coge uno cariño. A esos sombreros de paja que coronan en corro la oficinilla. Al cachulero que penduléa en el picaporte de la puerta del balcón desde hace no sé cuánto. A la ristra de zapatos de esparto en lo alto de la estantería. A los libros, fotos, vídeos y cestos, claro, cestos, que habitan esta casa y hacen de ella la piel de una pompa de jabón cesteril. Y entonces va Justo, el viejo canastero gitano de la foto en el estante, y se fija en ti. Suficiente para que le veas de nuevo caminando por las calzadas y tierras lindantes a Salobreña con sus canastos de caña al hombro, soles al sol. Y que esos campos sean los mismos, y no, por los que pasa la noche “en la posada de las estrellas”, Gabriel, tu viejo espartero de Granátula, camino de vocear sus capachos por las calles de Puertollano mientras que, en la acera de una rúa de Santiago que no es diferente de aquéllas, languidece entre la basura un viejo cesto de castaño que ahí, en un rincón de la sala, sigue  guardando las nueces con la devoción de un rescatado. Cuánta irreal compañía, cuántas conversaciones, paseos, enseñanzas recreándose aquí y allá, de habitación en habitación.
- Irreal? Te suelta a bote pronto la trenza de esparto dibujada en el folio que reposa sobre el escritorio.
- Sí, supongo. Respondes.
- Y entonces, es mentira cuánto has escrito, esta misma conversación?
- No, desde luego que no. Pero, ¿cómo puede ser irreal y no ser mentira?
- Tal vez por eso mismo, tal vez porque mentira no sea sino aquella verdad que pretende ser real.
Justo sonríe, siempre sonríe sin gesticular.